Guna Yala - la Venecia del Caribe

Frente a la costa oriental de Panamá, en el Mar Caribe, existe un archipiélago de trescientas sesenta y cinco islas coralinas de playas blancas que forman una gigantesca Venecia tropical, habitada por los gunas, una etnia que vive al margen de la Historia.


En Panamá hay un túnel del tiempo que puede trasladarte desde el siglo XXI hasta el XV en poco más de una hora, volando de Panamá City a Guna Yala, la tierra de los gunas. Para llegar al Caribe, la diminuta avioneta de Aeroperlas se eleva sobre los bosques que flanquean el Canal de Panamá y sobrevuela poco después las impenetrables y misteriosas selvas del Darién. 

No existe una carretera que llegue hasta la mayoría de los núcleos de población de Guna Yala, porque la selva del Darién, uno de los lugares más hostiles de América, se resiste a ser conquistada.


El Darién, ubicado en la frontera entre Panamá y Colombia, es el único lugar en el que la carretera Panamericana no ha podido ser construida. La Panamericana es una red de carreteras que permitiría atravesar el continente americano desde Alaska hasta la Patagonia, si alguien fuese capaz de completar el tramo del Darién, que se ha negado a ser profanado. 

El Darién, una impenetrable masa selvática, llena de manglares y ciénagas, está habitado por guerrilleros colombianos, narcotraficantes y un puñado de indígenas, los emberá, que sobreviven a duras penas en comunidades construidas junto a los ríos. La jungla también está habitada por cocodrilos, jaguares, tapires, monos, papagayos, serpientes, iguanas, ranas doradas, hormigas gigantes y tarántulas.

Pero no son los habitantes del Darién los que impiden que se construya la carretera, ni tampoco hay una especial dificultad orográfica que lo impida, ya que ni las montañas ni los ríos son infranqueables. Lo que hace al Darién impenetrable es algo más profundo, un terror atávico que impide a la civilización penetrar en una jungla que está siempre cubierta por una extraña neblina, atrapada en las sierras selváticas como la advertencia permanente de un espíritu sobrenatural. 

Desde mucho antes de la época en la que los conquistadores españoles llegaran al Darién, a comienzos del siglo XVI, y la bautizaran como la “Castilla del Oro”, ésta ya era una tierra maldita para el hombre. Las islas esparcidas por las costas del Darién, en un mar de un color azul que varía entre el cristalino y turquesa (azul caribe) sirvieron de refugio a los gunas cuando decidieron huir de la selva.

He descubierto Guna Yala casi por azar, como consecuencia de una historia de amor iniciada antes de que yo hubiese nacido. Muchos años atrás, un guna llamado Eligio, oriundo de la comunidad-isla de Playón Chico (Ukupseni en el idioma guna), situada en el corazón del archipiélago, viajó a Madrid para estudiar. En Madrid, Eligio conoció a una española llamada Beatriz, se enamoraron y decidieron establecerse en Panamá. Con el tiempo, compraron dos islas cercanas a Playón Chico -sólo un guna puede comprar tierras en Guna Yala- y construyeron unas pequeñas cabañas-hotel en una de ellas, llamada Yandup.

Conozco a Beatriz y a Eligio en Panamá City, en mayo de 2007, y rápidamente quedo cautivado por la singular pareja formada por un indio guna y una europea. En América Latina, un continente mestizo por naturaleza, las uniones entre personas de distinta raza son bastante comunes, ya que el proceso de colonización no fue contrario a la mezcla con las razas autóctonas, al contrario que la británica o la holandesa. 

Con todo, no son muy frecuentes las uniones entre un hombre de una etnia indígena -en especial, una tan peculiar como la guna- y una mujer blanca europea. Ambos rondan los cincuenta años, y forman una pareja armoniosa. Él es bajo, de piel cobriza, con el pelo negro, unas gafas redondas sobre una nariz achatada y rasgos indígenas, mientras que ella, con el pelo corto y entrecano, no puede ocultar sus raíces castellanas. Tienen dos hijos ya crecidos, Nadili y David, y parecen felices en Panamá, donde llevan viviendo más de treinta años. Beatriz, nacida de Toledo, ha encontrado su particular Eldorado en Eligio y, por extensión, en Guna Yala.

La avioneta que me lleva a Playón Chico-Ukupseni hace un aterrizaje increíble, preciso y arriesgado, en una minúscula porción de tierra arrebatada a duras penas a la selva del Darién. Junto a la pista, un puñado de gunas excitados y contentos espera a los viajeros, como quien asiste al acontecimiento del día. Al bajar de la avioneta, el Caribe nos golpea con una bofetada de calor dulzón, húmedo y pegajoso, del que es imposible defenderse, aderezado con el olor salino del mar -un mar con aspecto traidor- y con el bochorno sofocante de la selva. Robinson, el barquero, nos está esperando para conducirnos a nuestra cabaña en la isla Yandup.

Robinson el barquero

Al atravesar la distancia entre la tierra y la isla, ya es evidente que he desembarcado en un micromundo distinto de todo lo que he conocido hasta entonces. Dejamos a nuestra derecha la isla con el poblado de Playón Chico, una aglomeración de techos de palma con cayucos de madera atracados en las orillas, como góndolas arcaicas, y nos dirigimos hacia las dos islas idílicas que pertenecen a Eligio y a Beatriz, dos pedazos de tierra que no sobrepasan los doscientos metros de punta a punta, coronadas por un pequeño bosque de palmeras. 

Aquellas islas son el punto de partida para conocer Ukupseni. Allí soy devorado por las chitras (mosquitos minúsculos, terriblemente voraces, imposibles de combatir), contemplo sobrecogido las tormentas brutales sobre el Caribe, -en las que las gotas del agua rebotan en el mar con una violencia inusitada- navego entre los manglares de la costa, buceo a pulmón junto a un tiburón perezoso y, sobre todo, me zambullo en la cultura guna.


Los gunas llegaron al archipiélago que los españoles llamaron San Blas porque escucharon la advertencia del Darién. Según su propia leyenda, en una época indefinida, su gran profeta, Ibeorgun, que juega un papel en su historia-religión con ciertas similitudes con el Jesucristo católico, advirtió a la civilización guna de que estaba condenada a desaparecer si no abandonaba la selva y se refugiaba en las islas del Caribe. Los gunas hicieron caso a Ibeorgun y, lanzándose al mar, crearon pequeños poblados en la constelación de islas -que sólo contenían arena, tierra y palmeras- para huir de la maldición del Darién. 

En el siglo XXI, los gunas viven en casas de madera con suelos de tierra y techos de hojas de palmera, sin electricidad ni agua corriente, y prácticamente sin muebles, con excepción de las hamacas en las que duermen. Los niños van prácticamente desnudos y los hombres han adoptado el pantalón vaquero y la camiseta, pero las mujeres, guardianas de la tradición, -en especial las mayores-, siguen vistiéndose con trajes confeccionados con molas, las telas gunas, un prodigio de artesanía de colores brillantes -rosa, amarillo, azul...-, decoradas con motivos de animales, peces y figuras geométricas, con las que crean faldas, blusas y pañuelos que les cubren la cabeza. 

Las mujeres combinan las molas con un sinfín de collares y pulseras, también de colores brillantes y vistosos, y aretes de oro en la nariz y las orejas. En la choza más grande de cada poblado, tendidos en tres hamacas, encuentro a los jefes del poblado (sailas), tres ancianos que tienen la potestad de dirimir cualquier conflicto que surja entre los gunas. 

Diariamente, los habitantes de la aldea acuden a los sailas en busca de consejo o solución a sus problemas; sin embargo, el cumplimiento de sus resoluciones no es obligatorio. No existe más policía kuna que la propia comunidad. Por encima de los sailas, el Congreso General guna dicta las normas que deben regir toda Guna Yala.


La guna es una sociedad llena de peculiaridades. Es una sociedad matriarcal, en la que el esposo está obligado a marcharse a vivir con la familia de su esposa al casarse. Sin embargo, la mujer guna no tiene una presencia destacable en los procesos de decisión, aunque su voz sí es escuchada. 

También los rituales funerarios, en una sociedad impregnada de espiritualidad, son peculiares, y el cementerio de Playón Chico, en tierra firme, está salpicado de hamacas que cuelgan sobre las tumbas, donde los familiares velan al difunto, durmiendo, tejiendo molas y comiendo. Junto al muerto, enterrado bajo un túmulo de arcilla cubierto por telas y protegido por un armazón de madera con un techo de hojas de palma, se colocan sus pertenencias más valiosas, y una pequeña réplica de su canoa para ayudar a su espíritu a encontrar el camino hacia el cuerpo.

Los gunas tienen pánico a la lluvia. Una de las trabajadoras de las cabañas Yandup, al verme salir de mi choza en mitad de una tormenta, rompe a gritar como si estuviese a punto de atacarme un tiburón, o como si la lluvia fuese venenosa. Los gunas también temen decir “no” como, por otra parte, sucede en toda América Latina. Robinson, el barquero, responde afirmativamente cuando le pregunto si en los manglares hay cocodrilos y en la costa, tiburones. Intuyendo su respuesta, le pregunto si también hay dragones. Sí, cómo no, responde instantáneamente. 

Los gunas comparten con muchas etnias indígenas de América Latina la capacidad de mantenerse inmóviles, expectantes, en un estado letárgico, como si estuviesen congelados, una forma única de descansar cuerpo y mente sin dormir. También se parecen a otras comunidades de todo el continente en la postura que adoptan en las fotos, rígida, solemne, como para una ocasión especial. Y, por supuesto, son similares en el hecho de que un español, aunque hable su mismo idioma, puede tardar años en comprenderles, si es que alguna vez llega a hacerlo.

La lógica indígena latinoamericana es radicalmente distinta de la occidental. En Occidente, todo es susceptible de ser clasificado, ordenado, separado en categorías estructuradas. En la mente guna, al igual que tantas otras etnias del continente, no existen separaciones rígidas. 

Hombre, tierra, mares y ríos, religión, tradiciones y política, el todo y el uno, espíritus y vivientes están interconectados, y forman un todo indisoluble que fluye. La identificación del indígena con la naturaleza va mucho más allá de lo que una mente occidental puede llegar a imaginar, y los intentos de asimilación, al igual que los de evangelización, tienen un elevado porcentaje de fracaso, pues los conceptos que se pretendieron transmitir no se reciben en una mente preparada para ello y, por ejemplo, Jesucristo pasa a ser un personaje más dentro del mismo imaginario que acoge a Ibeorgun, porque todo es compatible, y nada es excluyente.


Eso no significa en absoluto, como creyeron los conquistadores, que las etnias indígenas estén más atrasadas o sean inferiores. El fondo de la cuestión es que no les apetece entender los mensajes de las nuevas civilizaciones porque no encajan con su filosofía, y les importan más bien poco.

En el caso de los gunas, una etnia singular por haber conseguido una capacidad tan importante de autogobierno sobre sus tierras (que no es común en el resto de América Latina), otra de sus particularidades es su bandera. Tiene los colores de la española (dos franjas rojas con una amarilla en medio), con una esvástica, el símbolo que los nazis hicieron famoso a nivel mundial, en el centro (de hecho, tuvieron que modificar temporalmente la bandera durante la II Guerra Mundial para evitar cualquier identificación con Alemania). 

En la cultura guna la esvástica tiene las aspas giradas hacia la izquierda, al revés que la nazi, y es un símbolo ancestral que podría simbolizar al Dios que creó el mundo. Sin embargo, no deja de ser curiosa la similitud de la esvástica con otras aparecidas en otros lugares tan distintos como Asia Central o el Norte de Europa, como si hubiese sido traída del continente asiático por emigrantes en una época remota, o como si hubiese sido creada por una única civilización, ya borrada de la Historia. 

Con todo, lo más peculiar de la cultura guna es su concepto de la Historia, que se funde con las tradiciones, las leyendas y la religión, formando un todo inseparable y complejo. Al menos una vez al año, los más sabios entre los gunas de todas las comunidades del archipiélago se reúnen en el Congreso de la Cultura para debatir sobre distintos asuntos, entre ellos su propia historia. Esto implica que su Historia no es inmutable sino que, por el contrario, puede ir cambiando con el paso del tiempo. Año tras año, los gunas recrean las vivencias de sus antepasados, modificando de vez en cuando partes del pasado. Para los gunas, la Historia y el pasado son igual de dinámicos que el presente o el futuro.


Las casas de suelo de tierra y los niños semidesnudos, entre los que sorprende el elevado número de albinos, no quieren decir que los gunas sean una civilización atrasada. El hecho de que los gunas hayan elegido aislarse de muchos aspectos de la civilización occidental no significa que no sepan desenvolverse en ella, y de hecho su actual status no es fruto de una casualidad, sino de una lucha constante por preservar su autonomía. 

A comienzos del siglo XX, los kunas fueron duramente reprimidos por el Estado panameño, que quiso abolir su lengua y sus costumbres, hasta que en 1925 una revuelta guna provocó la muerte o la expulsión de todos los representantes estatales del territorio guna. Cuando Panamá se preparaba para responder utilizando la fuerza, Estados Unidos intervino para imponer una solución pacífica. Sorprendentemente, esta intervención se debió a los buenos oficios de una delegación guna que había realizado durante años una eficaz y callada labor de lobby en Washington en defensa de sus intereses. 

Finalmente, en 1953 Panamá tuvo que aceptar que Guna Yala se rigiese por sus propias leyes y tradiciones, siempre que éstas no fuesen contrarias a la Constitución y el sistema legal panameño. Juan, uno de nuestros guías, que dice haber leído cinco veces “Cien años de Soledad”, lleva una gorra de los New York Knicks, y es perezoso hasta lo inimaginable, nos lo explica de la siguiente forma.

- Sólo cuando un kuna mata a otro kuna hay que ir a la justicia panameña.


- ¿Y sucede con frecuencia?


- Pues no, señor, yo no recuerdo la última vez que ocurrió.

Hoy, un buen número de gunas vive fuera de la comarca, entre ellos el mismo Eligio, autor de dos libros sobre su etnia. En Panamá City, las mujeres gunas venden molas en las calles. En el resto del país, los gunas se buscan la vida para seguir enviando dinero a Guna Yala, donde cada vez es más difícil obtenerlo. En el archipiélago, las familias que quedan viven de la agricultura y la pesca. 

El turismo no da para mucho, y pervierte a la civilización, ya que la llegada de los turistas se ha convertido en un fenómeno económico. Los niños se empiezan a preparar para posar en las fotografías (uno con un loro en el hombro, otro con un mono) y las mujeres hacen un despliegue de molas entre las chozas para tratar de venderlas. Eso es tan sólo una parte de la comunidad, porque otra, la mayoritaria (y en especial los niños) aún ven a los turistas como un fenómeno más curioso e intrigante que rentable. Un israelí con el que coincido en cabañas Yandup, que está realizando un viaje en solitario de meses por América Latina, resume acertadamente las sensaciones que causa una visita a Playón Chico.

- Ahora entiendo por qué he pagado por venir hasta aquí.

Hay un problema en Guna Yala. El único cartel escrito en castellano reza “La droga mata”. Cuando el profeta Ibeorgun empujó a los gunas a las islas de San Blas, el coco de agua, cultivado en las islas del archipiélago, fue durante mucho tiempo la moneda guna, y era utilizado para intercambiarlo por otros bienes de los que no disponían, como aceite, azúcar o gasolina. El coco fue sustituido por el dinero. Y apareció el narcotráfico. La cocaína que se produce en Colombia tiene una salida óptima por las costas panameñas del Caribe, un lugar muy difícil de vigilar. Por eso, Guna Yala se ha convertido en ruta de tránsito del narcotráfico, con todo lo que eso implica. Crecen los adictos en las comunidades. Algunos gunas se han decidido a cooperar con los narcotraficantes. Otros los vigilan, localizan los alijos que esconden en las islas, y se los llevan para revenderlos, motivando disputas con los narcos, que dañan la paz del pueblo guna. El monstruo de la droga es la principal amenaza para Guna Yala, aunque se trate de silenciarla.

En el pueblo de Playón Chico-Ukupseni, que se alza sobre una isla a pocos metros de la costa, con un puente que las comunica, viven alrededor de tres mil gunas. En tierra firme están las escuelas, el cementerio y pequeñas granjas en las que cultivan yuca y guardan conejos, que utilizan como mascotas. Y, entre los escasos edificios que no están construidos de madera y hoja de palma, destaca la iglesia católica.

La imagen de la cruz sobre el poblado indígena, con niños de tez oscura correteando entre las casas, hace retrotraer la imaginación a la época de las misiones, cuando un puñado de sacerdotes heroicos, casi suicidas, se adentraron en los lugares más inhóspitos y salvajes del continente para convertir almas al cristianismo. Al conocer al sacerdote encargado de la iglesia, enmudezco por la sorpresa al descubrir un misionero a la vieja usanza. 

Español de Aranda de Duero, de la orden claretiana, ha llegado a bordo de su lancha de otro de los pueblos en los que presta servicio y me ofrece una amable bienvenida. Compruebo que las duras condiciones de vida le han convertido en un hombre que aparenta ser mucho mayor de lo que en realidad es, con el rostro ajado y la mirada exhausta. Las condiciones de vida en el archipiélago de San Blas son terriblemente duras.


Sin embargo, abandonar Guna Yala es como ser expulsado del paraíso. En el camino de vuelta, después de entregar al piloto mi tarjeta de embarque de madera, la avioneta, llena de mujeres vestidas con molas, aterriza y despega en otras comunidades, e incluso se detiene en una sólo para recoger unos mangos. Tras sobrevolar por última vez las neblinosas e inquietantes selvas del Darién, regreso a ciudades en las que el tiempo sigue corriendo, y la gente se afana por mejorar sus bienes materiales, alejada de la espiritualidad guna.

De momento, Guna Yala ha conseguido mantenerse incontaminada y casi pura. Mientras la perversa civilización no logre atraparla con sus tentaciones, dirigidas a las pasiones más oscuras del hombre, como la codicia, Guna Yala seguirá siendo un lugar al que merece la pena viajar, situado al otro lado de un túnel del tiempo.




1 comentario:

  1. Estimado, tengo planes de realizar un viaje a la Comarca con fines antropológicos, Uds me podria dar mayor información de su viaje.

    Cristopher Valdes, Chile
    valdes.sanmartin@gmail.com

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